“Hace muchos siglos, no existía la Isla de Ometepe, ni el
Lago Cocibolca. Solamente un extenso Valle, llamado por los indígenas Coapolca.
Los alrededores del valle eran habitados por diferentes
tribus: Chorotegas, Niquiranos, Chontales, Nangrandanos. En la tribu Niquirana
había una bella princesa llmada Ometepetl. Esbelta, ojos negros, cabellos
lacios y largos, y de mirada encantadora.
En la tribu vecina, los Nagrandanos, habitaba un joven
llamado Nagrando, de cuerpo fornido, gran guerrero y buen cazador.
Las familias de lo dos jóvenes eran enemigos a muerte. Una
tarde de verano, Nagrando se encontró con la bella Ometepetl en el paradisíaco
Valle, y los dos se enamoraron a primera vista. Siguieron viéndose a escondidas,
pero en uno de estos encuentros furtivos, fueron descubiertos por el padre de
Ometepetl, el cual, enfurecido, mandó a un grupo de cazadores y guerreros a
perseguir a los enamorados para que trajesen cautiva a la joven y dieran muerte
a Nagrando.
La pareja, sabiendo que los perseguían y que la muerte era
inminente, decidieron quitarse la vida. Se oscureció el cielo, cayó un
torrencial aguacero, formándose así, el Lago Cocibolca, la princesa Ometepetl
cayó muerta boca arriba, en dirección Este-Oeste y le fueron crecieron los
pechos, hasta formarse dos volcanes: el Concepción y el Maderas, que unidos forman la mágica isla de
Ometepe”
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Volcán Concepcíón |
Ometepe, tierra de indios Chorotegas y Náhuatl (Ometepetl
significa en náhuatl dos (ome) cerros (tepetl)), isla mágica donde las haya, la
panorámica a su llegada es sobrecogedora, dos volcanes enormes Concepción
(1610m) y Maderas (1394m) surgiendo del agua dulce del lago Cocibolca,
reteniendo las nubes en sus cumbres, como retiene el pianista las melodías
entre sus dedos, como retando al visitante, “ven, ¡cógelas!”.
El barco estaciona en
Moyogalpa, principal ciudad de la isla, una pequeña población con penetrantes
subidas a las faldas del volcán Concepción, todavía activo, llorando la muerte
de su amado, y con una entrañable bahía, mirando a Rivas, en la que sus
habitantes lavan las ropas, los niños se bañan saltando desde el muelle y los
ganaderos pasean sus animales para otorgarles agua que sacie su sed.
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Puerto de Moyogalpa |
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Laguna de Charco Verde |
Camino
al segundo pecho de Ometepetl, paramos en dos preciosos lugares, la Laguna de
Charco Verde (parada forzosa por el pinchazo del transporte) paradisíaca playa
privatizada por el capital americano, y el Ojo de Agua, piscina de aguas
termales con grandes propiedades minerales. En el camino observamos gran
cantidad de aves como la Urraca copetona (Calocitta
formosa), muy abundante en la isla, y reptiles como la Corredora de siete
rayas (Ameiva festiva). En el Ojo de
Agua pasamos gran parte de la tarde, conocemos las artesanías que producen los
nativos con la calabaza o jícaro, las hojas de guineo, … y además perdemos el
bus dirección Mérida, poblado a las faldas del Maderas. Como solución paramos
un minibús que se dirigía a la Laguna de Charco Verde y tras una negociación
prolongada accede a llevarnos a Mérida.
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Urraca copetona (Calocitta formosa) |
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Corredora de siete rayas (Ameiva festiva) |
En Mérida el atardecer es de película, el cuerpo humano se
queda sin palabras, sin habla, como cuando estas cara a cara con la persona que
tanto deseas y no sabes cómo reaccionar, como cuando escuchas por primera vez
el rif de la guitarra de Hendrix o el pesimismo del piano de Schubert. Un cielo
pintado por el mismísimo Turner, caótico y ordenado al mismo tiempo, el agua
del lago reflejando cada uno de los pigmentos que destella el Sol decadente,
dando paso a la Luna, mostrándole al cielo su belleza, como el espejo de la
musa griega que peina sus negros cabellos rizados mientras espera al viajero.

En el segundo día realizamos una de las primeras rutas por
bosque nuboso, ascendemos hasta la Cascada de San Ramón, a más de 1000m de
altitud. El clima ayuda, pues las nubes esconden el Sol durante casi toda la
ascensión, 4km desde Mérida a San Ramón, terreno llano. En San Ramón empieza el
espectáculo, una senda de 3km delimitada por multitud de árboles a uno y otro
lado, el inicio parece duro, pero nada inesperado, los últimos 2km son la
clave: selva, árboles y más árboles, plantas, papagayos, urracas, monos,
lagartos, humedad (hasta no poder respirar) y sudor, el pulso a mil, el cuerpo
sufriendo, pero pidiendo más, como el enamorado que sabe que su amor tiene
fecha de caducidad pero aun así quiere continuar, porque sabe que lo bonito es
el trayecto y no el destino, sabe que por mucho que vaya a acabar pronto, lo
que puede vivir durante el amor no lo cambiará por nada. Así se siente el
cuerpo, pidiendo esa adrenalina que le da el amor y el sexo, pidiendo sufrir,
pidiendo un esfuerzo más, sudor resbalando por la frente, la barba y la
camiseta empapadas, los dedos goteando toxinas disueltas en agua. Últimos
metros, el aire ya no entra en los pulmones, o eso parece, las piernas
comienzan a flojear, la glucosa ya no es suficiente para accionar las fibras de
actina en los músculos e impulsar el cuerpo un paso más, pero el sonido del
agua hace que se exprima hasta el último gramo de energía y se llegue al
paraíso, unos 50m de descenso brusco de agua, la pared brillando iluminando el
baile de los rayos de Sol con el agua, el corazón latiendo fuerte y rápido,
como en esas noches, y los ojos indecisos, no saben si llorar o no, por no
querer perderse ni un segundo esa maravilla de la naturaleza. Como dijo un gran
compañero, la diferencia entre la droga y el deporte, es que al día siguiente
de haberte drogado te sientes como una mierda, en cambio después de sufrir y
descargar adrenalina con el deporte te sientes poderoso, y con ganas de más.


La segunda noche la pasamos en Santo Domingo, cerca de una
preciosa playa y del punto más estrecho de la isla, donde pasa el río Istiam.
Intentamos realizar un paseo por el río en busca de fauna, pero nos encontramos
ante una sequedad apabullante, el fenómeno del Niño causa estragos y solo
observamos garzas, jacana centro americana, algunos reptiles y mucha sequedad,
la tierra negra y cuarteada, las raíces de los árboles elevadas, sin comprender
porque se separan tanto del suelo si el agua se absorbe por la tierra y no por
el cielo.
Partimos hacia casa de nuevo con el ferry, quedando muchos
retos por delante: ascensión a la cumbre de uno de los dos volcanes, visitar
Altagracia, el río Istiam en pleno esplendor… volveremos.
Acabamos este pequeño viaje con un
trayecto de más de una hora por la panamericana en la parte trasera de una
camioneta, pensando, en la oscuridad de la noche, sobre la leyenda de Ometpetl,
el aire golpeando la cara, como golpearon los jóvenes indígenas sus corazones
ante la imposibilidad de su amor. ¿Vale la pena vivir enamorado y apartado del
amor?