Veinticinco
de Julio de 2014, casi medio mes después me dispongo a compartir los
sentimientos que experimente y todavía retengo en mi órgano sensorial de mayor
tamaño, y que se empeñan en no abandonarme. Iniciamos uno de los viajes más
largos y especiales del trayecto, tras un interminable recorrido en bus entre
viento, lluvia y cumbia, más de cinco horas de carretera y un sinfín de rostros
que recorren el mecanizado transporte sin saber cuál es su rumbo. ¿Será el
señor de bigote vendiendo cuajada destino a Juigalpa el campesino
revolucionario que su sombrero dejaba entrever? ¿Será la mujer de rostro triste
una víctima más del sistema capitalista? ¿O será una de tantas heroínas que
ayudó a esconder a guerrilleros en su propia casa para evitar su captura por la
reaccionaria Guardia Real? ¿Será el joven cobrador de pasajes un alma perdida
sin ideales? ¿O formará parte de la juventud que cambiará el hipócrita mundo en
el que vivimos?
Incógnitas
que nunca resolveremos, seguramente, pero que si nos ayudarán a divagar, como
ayudó a divagar el universo a Ernesto Cardenal. “Solo somos polvo de estrellas”,
y como tal, fuimos a caer en una de las tantas islas que agrupa el indómito
archipiélago de Solentiname. Nuestra primera visita por esta acuática galaxia
nos empuja a la isla de Mancarrón, en el archipiélago anteriormente citado.
Artesanía indígena, estas dos palabras son suficientes para describir la isla,
sus habitantes, su cultura, historia… artesanía, porque todo y cada uno de lo
que uno encuentra está hecho por la mano del obrero indígena, por el sudor del
cortador de caña de azúcar harto de sangrar por la frente y desvanecer por el
estómago, e indígena porque todo rebosa a ese aroma tropical de los Chorotegas,
ese festival del color, rojo por aquí, purpura por allá, destello de azul sobre
un matiz amarillo en la otra cara y en su opuesta un reborde negro recorriendo
la finura del valle pintado de verde esperanza…
No es de extrañar que el gran poeta
y camarada Ernesto Cardenal viese en esta isla la influencia necesaria para
crear una de las comunidades indígenas más productivas e imaginativas de la
geografía centroamericana. La verdor florística recorre todos y cada uno de los
metros cuadrados del terreno aislado de tierra firme, las oropéndolas cantando
desde sus colgantes nidos, el agua rodeando la roca ígnea, los sedimentos a la
orilla del lago (donde reposa tranquila una vieja barca colorida con la vela
plegada) que destella ante un atardecer dorado que pronostica un más áurico
todavía amanecer…
El segundo destino al que el polvo
procedente de uno de tantos astros apagados por el tiempo, o por la falta de
amor (¿no es lo mismo?), fue a caer en la Reserva de Vida Silvestre de Los
Guatuzos. Este territorio fue ocupado por los indígenas guatusos, pero la
colonización y la fuerte industrialización hizo que huyeran hacia la cercana
nación de Costa Rica, para formar una nueva comunidad, con unas viejas normas y
estructuras. Los Guatuzos no albergan ya indígenas tropicales, su lugar lo
ocupan los mosquitos que pueden aumentar a sus anchas la población ante tal
cantidad de agua estancada (una industria natural de dengue). Pero además de
estos insectos la reserva está recubierta por un paraíso faunístico y floral
para cualquier amante de la naturaleza: caimanes por todos los lugares,
helechos de metros y metros de alto, monos araña, carablanca y congo (aullando
a cada paso que insertas en su tupida selva), iguanas de proporciones
inimaginables, garzas, martín pescador, colibrís (un orgasmo avícola en su
máximo esplendor), orquídeas inapreciables para el ojo humano, hongos
deslumbrantes y epífita flora sobre la húmeda lignina. Duele mucho pensar que
en una zona tan fértil sea el hambre una de las lacras que recubren el paisaje
de hambruna y deforestación.
El tercer
destino de la mota astral fue el anormal pueblo de El Castillo. Una fortaleza
del siglo XVI defiende el territorio del Río San Juan de piratas (de parche en
ojo o de barras y estrellas en bandera). Un pueblo con aspecto caribeño, y con
paisaje selvático a sus espaldas y a su frente, con un gran raudal recorriendo
su mediatriz, un pueblo en el cual recordar que no somos más que instantes, más
que motas de segundos que aspiran a vivir alegres en soledad, convencidos de
que la distancia es un obstáculo insalvable y que duele más el no poder hacerlo
que el no saber hacerlo.
Un
pueblo recorrido de dentro a fuera por un caudal de agua sobrecogedor, un río que
haría olvidar, al mejor poeta que he leído, todas sus penas, un río sobre el
cual esos verso pesimistas le cantarían a la belleza, y no a la pérdida de una
princesa, un río sobre el cual el surfista quemaría su tabla y montaría una de
tantas canoas en busca de guapote y sábalo, un río sobre el que las lágrimas de
la vía láctea que formó el big bang de tus ojos harían que desbordase y se
adentrase en tan indómita formación arbórea.
Y
llegar a San Juan de Nicaragua, zona caribeña en plena tormenta (¿tormenta?¿alguien
se atreve de hablar de tormenta sabiendo que a cada bocanada de aire mueren
sonrisas en mi corteza cerebral como niños en la franja de Gaza?) que desprende
un aroma a coco y pescado asado muy característico, un pueblo abandonado por el
capitalismo (fue el lugar elegido para realizar el canal interoceánico hoy
situado en Panamá) porque este resistió rebelde ante el imperialismo, como el
pueblo de Solentiname asediando San Carlos, como no resistió Panamá sirviendo
sus aguas a los cargueros de tan magnas empresas forjadas al calor del oro
negro y sangre proletaria-campesina. Abandonado del desarrollo industrial, pero
no abandonado del desarrollo natural, allí las lapas sobrevuelan a sus anchas,
como sobrevolaron los aviones del frente en la revolucionaria guerra, allí los
manatís surcan el agua buscando alimento entre fanerógamas, como los piratas
surcaron el río a contracorriente buscando el dorado caribeño que escondía el
Indio Maíz (reserva de la biosfera que abraza en casi todo su recorrido al Río
San Juan) entre tucanes y cocodrilos.
Después de recorrer la inmensidad
de un río inacabable, ¿alguien se atreve a valorar el papel del ser humano en
este mundo?. Después de ver la naturaleza arrodillarse ante el paso del tiempo,
¿alguien se atreve a creer ser el centro del mundo?. Después de percibir a la
fauna huir de la evolución, ¿alguien se atreve a permanecer anclado en el
pasado?¿alguien se atreve a mirar a los ojos al futuro?. Después de compartir
con un letrado especializado en lienzos ¿alguien se atreve a discutirle a la
soledad la libertad?. Después tocarte con mis manos, ninguna piel recubre mis
valles dactilares como lo hizo tu carnosa seda. Como dijo el lúcido Alfonso
Cortés:
“Un trozo
azul tiene mayor
Intensidad
que todo el cielo
Yo siento
que allí vive, a flor
Del éxtasis
feliz, mi anhelo…”
Fuiste el cielo que hoy observo desde mi ventana, entre
vinos, nostalgia, galaxias y polvo de
estrellas, que serán futuros pesimistas enamorados.
Catorce
kilómetros, esa es la distancia que separa San Marcos de Catarina, dos poblados
de los departamentos de Carazo y Masaya, respectivamente. Tras una semana planeando el viaje, nos decidimos a
hacer el trayecto andando, recorriendo la conocida como Ruta de los Pueblos
Blancos con los pies, pasando por todos y cada uno de los pueblos: San Marcos,
Masatepe (cuna de la artesanía maderera), Nandasmo (y sus vistas a la laguna de
Masaya), Niquinohomo (cuna de revolucionarios), San Juan de Oriente (y sus
artesanos de la cerámica) y Catarina (con sus ojos puestos en la Laguna de
Apoyo).
Llegamos
Viernes a la noche a la ciudad de San Marcos, buscando hospedaje, todo parece
caro, pero tenemos poco tiempo para decir, así que aceptamos dormir por unos
excesivos 6$ (sobre todo si vas a ocupar el departamento única y exclusivamente
durante 6 horas). El Sábado abandonamos la habitación a las 5 de la mañana, mientras
el Sol calienta las gotas de la tormenta nocturna y rompe la oscuridad de la
dictadura Lunar. Una rápida vista del pueblo de San Marcos, su iglesia, su
parque central y dirección a Masatepe. La carretera es mucho más verde al
paisaje al que estamos acostumbrados en Diriamba, durante el recorrido
observamos como el Sol comienza a abrasar la piel, como los trabajadores ponen
rumbo a sus oficios (el hambre no entiende de descanso), camiones repletos de
plátanos verdes (futuros tostones), vendedoras de fruta y una llovizna que
ayuda a reservar energías.
A las
7 de la mañana llegamos a Masatepe, después de 7km andando (parada para
desayunar algo de fruta tropical incluida). A la llegada a la ciudad
descubrimos que son la fiestas patronales, y que justo ese día alberga el
tradicional desfile de hípica, pero es demasiado tarde para nuestro objetivo y
decidimos partir hacia Nandasmo. No sin antes degustar la ancestral sopa de
Mondongo, fotografiar las pintorescas calles y el colorido mercado.
Desde Masatepe hasta Nandasmo
distinguimos la principal característica de la población de esta entrañable
zona: la artesanía maderera. Incontables talleres, a ambos lados de la
carretera, con numerosos muebles de madera, sillones, mecedoras, sofás, mesas…
En Nandasmo nos espera una de las
maravillas naturales del viaje: la Laguna de Masaya. Una acumulación de agua de
origen volcánico, antiguo cráter, que hoy alberga playas, peces y bañistas,
pero que conserva los indígenas petroglifos. Los petroglifos son dibujos sobre piedra
que realizaban los indios Chorotegas y Náhuatl, en estos dibujos se cuentan
historias sobre la tradición indígena, como la caza, los animales que
observaban, sus creencias, deidades… Aceptando que la cultura no es una
mercancía con la cual se pueda comercializar, que debe de estar al acceso de
todos y cada uno de los individuos de la Tierra, no se entiende cómo puede
encontrarse un yacimiento de petroglifos bajo capital privado. No se puede
consentir que ese bien cultural solo pueda ser estudiado por quien posea
dinero, la cultura y el conocimiento son parte del pueblo, y solo él puede
gestionarlo correctamente para el bien colectivo.
El
siguiente núcleo poblacional en nuestra senda es Niquinohomo, territorio que
vio nacer al revolucionario-luchador-guerrillero Augusto C. Sandino, padre del
Ejército de Hombres Libres que no descansó hasta expulsar de terreno
Nicaragüense al ejército invasor e imperialista de los Estados Unidos y hombre
que sentó las bases de la lucha en la montaña Nicaragüense para el futuro
Frente Sandinista de Liberación Nacional.
Así, observamos dos estatuas
dedicadas al guerrillero: el mencionado Sandino y William Ramírez Solórzano,
recordando a los que lucharon como a héroes de la clase obrera, que dieron su vida por una causa justa, por una sociedad mejor, alejada de la explotación del hombre por el hombre, del enriquecimiento a costa de los demás, del beneficio de unos pocos con el sudor de unos muchos. Recordando a los que prefirieron enfrentarse de cara a la realidad, que mirar hacia otro lado, prefirieron señalar directamente a los culpables de tanta barbarie que camuflar con reformas la sangre proletaria; por ello perdieron su vida, pero no su memoria luchadora.
Llegando
al final del recorrido visitamos los dos últimos pueblos: San Juan de Oriente y
Catarina. El primero es la principal ciudad de la zona dedicada a la artesanía
de la cerámica. Al igual que los talleres de madera en Masatepe, en San Juan de
Oriente las calles están repletas de talleres de cerámica: vasijas, tazas,
vasos, platos, cuadros, monolitos… Llama la atención la cerámica de motivos
indígenas, quizá porque desde siempre me interesé por la cultura predecesora al
sangriento colonialismo Europeo, porque siempre me sitúo al lado de los oprimidos,
y ellos sufrieron una de las mayores masacres en la injusta historia de la
humanidad. Esta cerámica de carácter indio rememora los dioses prohibidos por
la cruz y la espada, el dios Sol, el dios del Maíz, el Jaguar, las aves
coloridas, el Fuego, el Agua, la Luna, la Tierra…
Decidimos
hacer noche en la orilla de la Laguna, y merece la pena. En el trayecto que
realizamos desde Catarina hasta abajo no cesan de escucharse exclamaciones de
los cuatro que componemos el grupo. Una vez a los pies del antiguo cráter (la
Laguna de Apoyo es una de las lagunas cratéricas de Nicaragua, esto quiere
decir que lo que actualmente se observa como Laguna fue anteriormente el cráter
de un volcán, y que esa agua procede del interior de la Tierra y posee grandes
y variedades propiedades minerales) volvemos a sentir interiormente la
sensación de estar ante un cuadro de Pollock, no puedes creer que sea posible,
el color del crepúsculo solar, las nubes naranjas, azules, lilas, rojas,
amarillas y el agua del lago removiendo toda esta paleta y reflejando infinidad
de formas indefinidas abiertas a la libre interpretación del observador.
Es por
eso, que en un atardecer, un enamorado puede ver el amor atravesando las nubes
y recalando de forma suave en la superficie acuática, mientras un derrotado
pesimista observa la crudeza de la vida en los oscuros tonos de la noche
alcanzando su máximo esplendor. Y es por
este mismo motivo que uno decide dormir apenas unas horas, para ver de qué
forma es capaz de interpretar el poeta el amanecer, ver como las conexiones
entre el sistema ocular y el sistema límbico crean millones de moléculas que
hacen acelerar el corazón, vasoconstreñir el sistema arterial, dilatar las
pupilas, fomentar la excreción de sal por los conductos aledaños la ventana del
ser humano… y el resultado es inenarrable. Por nada en el mundo cambiaría la
sensación que se vive al escribir un poema pesimista, de nostalgia pura,
sentado sobre un muelle de madera, en las aguas de una Laguna ancestral y solo,
solo pero acompañado del aullar del mono congo, de los incipientes rayos de
Sol, del aletear del colibrí entre los pétalos de la flor y del ave surcando
las aguas en busca de alimento con escamas… acompañado de la inmensa soledad de
la naturaleza, único medio en que un ser vivo alcanza su plenitud vital, donde
se da cuenta uno de lo que quiere ser y de lo que quiere vivir.
Es
precioso finalizar un viaje dejando que el bolígrafo fluya sobre el papel, que
la mente dance como una condenada entre cábalas, pesadillas y sueños, que las
palabras hagan florecer narraciones que para algunas (pocas) personas son el
alivio tras la tormenta de lágrimas, que la simple conjunción de letras te
permita acercarte a un lugar muy lejano, y sentir el abrazo, y escuchar las
risas, y notar el tacto sobre tu rostro ansioso de nostálgicas caricias.
“Hace muchos siglos, no existía la Isla de Ometepe, ni el
Lago Cocibolca. Solamente un extenso Valle, llamado por los indígenas Coapolca.
Los alrededores del valle eran habitados por diferentes
tribus: Chorotegas, Niquiranos, Chontales, Nangrandanos. En la tribu Niquirana
había una bella princesa llmada Ometepetl. Esbelta, ojos negros, cabellos
lacios y largos, y de mirada encantadora.
En la tribu vecina, los Nagrandanos, habitaba un joven
llamado Nagrando, de cuerpo fornido, gran guerrero y buen cazador.
Las familias de lo dos jóvenes eran enemigos a muerte. Una
tarde de verano, Nagrando se encontró con la bella Ometepetl en el paradisíaco
Valle, y los dos se enamoraron a primera vista. Siguieron viéndose a escondidas,
pero en uno de estos encuentros furtivos, fueron descubiertos por el padre de
Ometepetl, el cual, enfurecido, mandó a un grupo de cazadores y guerreros a
perseguir a los enamorados para que trajesen cautiva a la joven y dieran muerte
a Nagrando.
La pareja, sabiendo que los perseguían y que la muerte era
inminente, decidieron quitarse la vida. Se oscureció el cielo, cayó un
torrencial aguacero, formándose así, el Lago Cocibolca, la princesa Ometepetl
cayó muerta boca arriba, en dirección Este-Oeste y le fueron crecieron los
pechos, hasta formarse dos volcanes: el Concepción y el Maderas, que unidos forman la mágica isla de
Ometepe”
Volcán Concepcíón
Ometepe, tierra de indios Chorotegas y Náhuatl (Ometepetl
significa en náhuatl dos (ome) cerros (tepetl)), isla mágica donde las haya, la
panorámica a su llegada es sobrecogedora, dos volcanes enormes Concepción
(1610m) y Maderas (1394m) surgiendo del agua dulce del lago Cocibolca,
reteniendo las nubes en sus cumbres, como retiene el pianista las melodías
entre sus dedos, como retando al visitante, “ven, ¡cógelas!”.
El barco estaciona en
Moyogalpa, principal ciudad de la isla, una pequeña población con penetrantes
subidas a las faldas del volcán Concepción, todavía activo, llorando la muerte
de su amado, y con una entrañable bahía, mirando a Rivas, en la que sus
habitantes lavan las ropas, los niños se bañan saltando desde el muelle y los
ganaderos pasean sus animales para otorgarles agua que sacie su sed.
Puerto de Moyogalpa
Laguna de Charco Verde
Camino
al segundo pecho de Ometepetl, paramos en dos preciosos lugares, la Laguna de
Charco Verde (parada forzosa por el pinchazo del transporte) paradisíaca playa
privatizada por el capital americano, y el Ojo de Agua, piscina de aguas
termales con grandes propiedades minerales. En el camino observamos gran
cantidad de aves como la Urraca copetona (Calocitta
formosa), muy abundante en la isla, y reptiles como la Corredora de siete
rayas (Ameiva festiva). En el Ojo de
Agua pasamos gran parte de la tarde, conocemos las artesanías que producen los
nativos con la calabaza o jícaro, las hojas de guineo, … y además perdemos el
bus dirección Mérida, poblado a las faldas del Maderas. Como solución paramos
un minibús que se dirigía a la Laguna de Charco Verde y tras una negociación
prolongada accede a llevarnos a Mérida.
Urraca copetona (Calocitta formosa)
Corredora de siete rayas (Ameiva festiva)
En Mérida el atardecer es de película, el cuerpo humano se
queda sin palabras, sin habla, como cuando estas cara a cara con la persona que
tanto deseas y no sabes cómo reaccionar, como cuando escuchas por primera vez
el rif de la guitarra de Hendrix o el pesimismo del piano de Schubert. Un cielo
pintado por el mismísimo Turner, caótico y ordenado al mismo tiempo, el agua
del lago reflejando cada uno de los pigmentos que destella el Sol decadente,
dando paso a la Luna, mostrándole al cielo su belleza, como el espejo de la
musa griega que peina sus negros cabellos rizados mientras espera al viajero.
En el segundo día realizamos una de las primeras rutas por
bosque nuboso, ascendemos hasta la Cascada de San Ramón, a más de 1000m de
altitud. El clima ayuda, pues las nubes esconden el Sol durante casi toda la
ascensión, 4km desde Mérida a San Ramón, terreno llano. En San Ramón empieza el
espectáculo, una senda de 3km delimitada por multitud de árboles a uno y otro
lado, el inicio parece duro, pero nada inesperado, los últimos 2km son la
clave: selva, árboles y más árboles, plantas, papagayos, urracas, monos,
lagartos, humedad (hasta no poder respirar) y sudor, el pulso a mil, el cuerpo
sufriendo, pero pidiendo más, como el enamorado que sabe que su amor tiene
fecha de caducidad pero aun así quiere continuar, porque sabe que lo bonito es
el trayecto y no el destino, sabe que por mucho que vaya a acabar pronto, lo
que puede vivir durante el amor no lo cambiará por nada. Así se siente el
cuerpo, pidiendo esa adrenalina que le da el amor y el sexo, pidiendo sufrir,
pidiendo un esfuerzo más, sudor resbalando por la frente, la barba y la
camiseta empapadas, los dedos goteando toxinas disueltas en agua. Últimos
metros, el aire ya no entra en los pulmones, o eso parece, las piernas
comienzan a flojear, la glucosa ya no es suficiente para accionar las fibras de
actina en los músculos e impulsar el cuerpo un paso más, pero el sonido del
agua hace que se exprima hasta el último gramo de energía y se llegue al
paraíso, unos 50m de descenso brusco de agua, la pared brillando iluminando el
baile de los rayos de Sol con el agua, el corazón latiendo fuerte y rápido,
como en esas noches, y los ojos indecisos, no saben si llorar o no, por no
querer perderse ni un segundo esa maravilla de la naturaleza. Como dijo un gran
compañero, la diferencia entre la droga y el deporte, es que al día siguiente
de haberte drogado te sientes como una mierda, en cambio después de sufrir y
descargar adrenalina con el deporte te sientes poderoso, y con ganas de más.
La segunda noche la pasamos en Santo Domingo, cerca de una
preciosa playa y del punto más estrecho de la isla, donde pasa el río Istiam.
Intentamos realizar un paseo por el río en busca de fauna, pero nos encontramos
ante una sequedad apabullante, el fenómeno del Niño causa estragos y solo
observamos garzas, jacana centro americana, algunos reptiles y mucha sequedad,
la tierra negra y cuarteada, las raíces de los árboles elevadas, sin comprender
porque se separan tanto del suelo si el agua se absorbe por la tierra y no por
el cielo.
Partimos hacia casa de nuevo con el ferry, quedando muchos
retos por delante: ascensión a la cumbre de uno de los dos volcanes, visitar
Altagracia, el río Istiam en pleno esplendor… volveremos.
Acabamos este pequeño viaje con un
trayecto de más de una hora por la panamericana en la parte trasera de una
camioneta, pensando, en la oscuridad de la noche, sobre la leyenda de Ometpetl,
el aire golpeando la cara, como golpearon los jóvenes indígenas sus corazones
ante la imposibilidad de su amor. ¿Vale la pena vivir enamorado y apartado del
amor?
Avanzamos, nos vamos adaptando a este nuevo hábitat que nos
alberga entre palmeras, cocoteros y bananos. Avanzamos, a través del tiempo,
tras mes y medio al otro lado del charco, nos vamos sintiendo como en casa,
sabemos que hacer y donde hacerlo, saludas a gente por la calle, sientes el
aroma a maíz tostado como propio, la dulzor del banano frito hace que las
papilas gustativas recuerden el sabor de calabaza frita con azúcar en vísperas
del 19 de Marzo. Pero en esta última quincena ocurrió algo muy esperado,
comenzó el proyecto, conocimos a las personas con las que vamos a compartir
estos 8 meses restantes. Personas de entre 8 a 13 años, de familias humildes, y
pobres, de situaciones realmente difíciles, los olvidados por el gran capital,
los nadie, que dice Galeano.
Desde ahora hasta Enero colaboraremos con cinco colegios
públicos de la ciudad de Diriamba (La Asunción, Rubén Darío, Francisco Cordero,
René Shick y Pedro Joaquín Chamorro), en los cuales uno encuentra mil
experiencias y expresiones: humildad, tristeza, respeto, felicidad, odio, amor,
futuro, presente y pasado, comprensión, sonrisas y lágrimas…
No se puede describir lo que se siente cuando la primera vez
que contactas con estos niños te saludan mostrándote un respeto con el que uno
incluso siente miedo, y mucho menos explicable es la sensación cuando acabas la
jornada y todos los niños pasan uno a uno a darte un abrazo para despedirse, o
para recibir otro a cambio (en un mundo en el que la verdadera crisis no es
económica, sino de empatía). Esa empatía que, entre cervezas, nos brinda un
exguerrillero del FSLN, aprendo en una hora de conversación mutua con él que en
muchas clases inacabables del instituto o la universidad. Nos aborda sobre la
cultura nica, sobre los peligros y placeres que alberga, sobre su vida, Don Jaime nos pregunta sobre la nuestra, mientras
se atusa el bigote, besa la boca de la rubia y acaricia el ala ancha de su
sombrero mexicano (un placer compartir palabras con usted).
Avanzamos, tras esta larga, y corta, senda, iluminada en la
noche más oscura, y oscura en el día más iluminado, continuamos con nuestra
particular trashumancia, sin hogar fijo, buscando pasto que nos alimente, en un
libro, en una canción, en una charla, en un rostro desconocido (pero familiar
al mismo tiempo), en un mensaje de texto, en un poema o una foto provenientes
de la capital de España en los últimos
días libres de 1936.
“El misterio de la vida nos acerca y nos aleja, pero el amor
es más grande que todas las contradicciones” Gioconda Belli
Ocho día y siete noches, aprendizaje (sobre uno mismo y sobre
los que le rodean), cultura, naturaleza, nostalgia, llantos, risas, sudor,
cerveza, ron, café…
Granada nos acoge durante unasemana en este proyecto de EVS. El motivo es realizar el curso de
capacitación-formación para poder llevar a cabo los diferentes proyectos, para
conocernos mejor, compartir y sobre todo para aprender. Aprender a aprender,
hacer tuyos conocimientos ajenos, incorporarlos a tu “yo”, interiorizarlos para
acrecentar tu ser y poder decir, una vez acabado este viaje por la vida, que
“tú sí aprendiste”: aprender del poeta (que justo hoy colonizó el cielo de
nuestro compartido Petrer) que la dedicación por algo, el entregar todas tus
fuerzas es inmensamente gratificante, cuando has vertido miles de lágrimas
sobre una hoja llena de letras, que para ti son simple desahogo y que para
otros es arte (et vull germà); aprender de grandes mc’s que “un grup de rap es
amistat, no cap empresa”, que los tienes al lado cuando peor estás, que nunca
te han fallado ni te van a fallar, que más vale dar la vida por ellos que por
un empresario (os recuerdo en cada instrumental, en cada grafiti, en cada power-move)
; aprender de princesas, que son las más fuertes y valientes luchadoras que uno
ha conocido, que la vida no se acaba mañana, y que por mucho que uno ame, no se
pueden desperdiciar oportunidades únicas (sigue luchando compañera); aprender
de amores, reinas… que el ser humano ha de ser independiente, y fuerte, si
quiere sobrevivir en esta jungla (seguiré esperándote); aprender de grandes
maestras profesionales, que el trabajo con niños es necesario, no una elección,
que solo ellos son el futuro, pero lo son si se les educa a conocer, a
criticar, a informarse, a preferir un libro de Machado a la basura televisiva,
a entregarse en vida a cada uno de los proyectos en los que te sumerges (te
quiero)… aprender a aprender que la vida es continuo cambio, materialismo
dialéctico.
Todo esto reflexioné en Granada (La Gran Sultana), primera
ciudad colonial de América, que todavía conserva su estructura y su colorido,
ciudad que acoge la gran semana de la poesía nicaragüense, que crece a orillas
del gran Lago Cocibolca (uno de los más grandes del mundo) con su volcán
Mombacho repleto de vida salvaje, azufre, biodiversidad…, sus isletas mostrando
la desigualdad de nuestro actual sistema (lujosas mansiones cubriendo una isla
en la que se observa un pequeño cuadrado de latas que sirve de alojamiento para
los trabajadores de la finca).
Para finalizar, el día que cumplimos un mes en este gran
país, nos desplazamos hasta el Teatro Nacional Rubén Darío de Managua, allí se
celebra un acto para conmemorar al joven revolucionario Luis Alfonso Velásquez
Flores (asesinado por la guardia fascista de Somoza cuando solo contaba con 9
años de edad). Pero el acto, desde mi punto de vista, está lejos de ello, en
este acto se observa el machismo reminiscente en la sociedad nica, tratar a una
niña como una mujer, poniéndole harapos para hacerla aparentar una secretaria
en New York, un objeto sexual, una subespecie al servicio del hombre,
haciéndola bailar como un ave en celo para llamar la atención del macho…
sinceramente, camaradas, si creéis que este es el camino revolucionario para
buscar la igualdad estáis muy equivocados, que se lo pregunten a la niña
violada a las afueras de Granada, en la zona rural, y que es humillada por la
psicóloga que supuestamente debía ayudarla diciéndole “la violación es una
castigo de Dios, no puedes abortar, debes asumir la carga”, o a la adolescente
que por temor a la marginación no utiliza medidas anticonceptivas y debe tomar
la decisión de traer al mundo una nueva persona, sin poder asegurarle una vida
digna (ni a su hijo ni a ella misma). Mucho debe cambiar esto, compañeros, y si
de verdad es un proceso revolucionario, no hay tiempo que perder, ya lo avisó
Cortázar en su “Nicaragua, tan violentamente dulce”: el machismo es la gran
lacra latinoamericana.
Así concluye mi primer mes por tierras tropicales, esperando
la tormenta que inunde el silencio que ahogue mi dolor.
“UN LOCO YERRA, PERO NUNCA MIENTE
Me prometí no escribirte
por no saber llorar
como corresponde,
por no saber follar
a deshora
y dejar insatisfechas
a las amantes
que me regalaron
su CUERPO.
MUJERES
sin nombres
con los nombres
más bellos
y los PECHOS
de CARNE,
leche y nube;
la fuente de la VIDA,
condena de POETAS
que juegan
inocentes a que venga
la MUERTE
y los entierre
o les sorprenda.
Me prometí no escribirte,
no mencionarte
en estas líneas
porque sólo soy
el polvo de las estrellas
descompuestas
que se baten bajo tierra
y es en el subsuelo
donde mi EGO
grita en silencio
y los electroshocks
son tu RECUERDO.
Me prometí no escribirte,
OLVIDARTE
para poder seguir
MURIENDO,
que la vida es bella
si ésta sigue siendo la esquina
de la calle más concurrida
de Granada
donde borrachos,
vagabundos
y princesas
vomitan sus miserias.
Me prometí no escribirte,
DESAPARECER
tras el poema
donde PERMANECÍA
junto a ti
en una cama recluida.
Me prometí no escribirte
porque quise matarte
al mencionar tu nombre,
al imaginarte
DESNUDA
y dejándome
que te tocara
la SAGRADA
hendidura
con mi volcánica
LENGUA
de lagarto;
reptando
por tu espalda
–que es una ciudad en llamas–,
serpenteando
con mi columna
vertebral
como un reptil
invertebrado,
permaneciendo
INERTE
dentro de tu útero
o derramándome
en el universo
de la BOCA
de tus glúteos.
Me prometí no escribirte,
que mis versos
fuesen el cementerio
de tu imagen
y los cuervos
con trajes NEGROS
llevasen ROSAS
a mi tumba.
Me prometí no escribirte
y he faltado a mí palabra.
Es lo que tiene
SER un «maldito»
neurótico
que yerra
pero NUNCA
miente.” Pabl Owski, Poetas de Petrer, Antología Poética.